
Te había dicho que comería con un par de compañeros de trabajo, te había dicho también a que restaurante iría, y hasta la hora de la reserva. Es un sitio grande, con mucho tránsito de gente y desde mi mesa veo la barra a apenas tres metros. La gente que me acompaña se ha sentado enfrente de mi, ajenos ellos al trajín de sus espaldas. Estamos tomando unas cervezas mientras ojeamos la carta decidiendo, y en un momento que levanto la cabeza para comentar algo con ellos te veo entrar, llevas un abrigo largo bajo el que aprecio unas medias negras muy transparentes y unos zapatos de tacón de aguja con los que avanzas segura hasta quedar a mi altura en la barra, me miras un sólo segundo, suficiente para asegurarte de que he reparado en tu presencia, y suficiente también para que vea en tu mirada tus ganas de jugar, cosa que denota también tu sonrisa maliciosa. Respondo sonriendo con discrección, algo cortado por la situación, y te encanta. Te paras en la barra y pides un martini con su aceituna, acto seguido te deshaces del abrigo largo dejando al descubierto una falda de tubo negra a la altura de la rodilla que marca tus caderas y una camisa blanca bajo el cuello de la cual observo el collar que te hace mia. Tomas asiento en un taburete alto cruzando las piernas en cuyo gesto la falda sube dejando a la vista el final ribeteado de las medias negras. Tomas un trago, miras el reloj y enciendes un cigarrillo. Te giras un poco quedando de lado a la barra, consciente de mis miradas, y me dedicas entonces una larga y vibrante, me estas adelantando con ella lo que has venido a buscar. Mi provocación.
El camarero nos toma nota de la comida, estoy nervioso, alterno la mirada a mis acompañantes, al camarero, al entorno en un intento de tenerlo todo bajo control, y vuelvo a mirar tus ojos lascivos en un ritual cíclico. Juegas con tus piernas, acariciando una con la otra, las cruzas y descruzas con lentitud desesperante de un lado a otro, en un momento estratégico y que dura apenas tres segundos dejas las piernas abiertas frente a mi, quieres que tenga una visión breve pero precisa del perfecto rasurado que luces al fondo de la falda. Acalorada por el exceso de calefacción y la situación observo detenidamente como comienzas a desabrochar un botón de la camisa, lo haces lentamente y sin dejar de mirarme, dejando más expuesto tu collar, viendo las ganas en mis ojos. Tomas otro trago del martini, y esta vez sacas la aceituna ensartada en un palillo, la acercas a tu boca y juegas con ella entre tus labios, veo la punta de tu lengua saborearla, tu sonrisa maliciosa me deja ver tu más que segura excitación, tomas la aceituna con una mano retirándole el palillo y bajo mi atenta mirada descruzas las piernas, vuelvo a ver el buen trabajo que has hecho entre ellas, y ahora, además del rasurado veo también el brillo de la excitación escapando de tus labios. Mojas la aceituna con tu saliva y la haces desaparecer dentro de tu cuerpo cerrando las piernas en un intento de conservarla dentro. Me notas más nervioso, creo que ya ni siquiera presto atención a la conversación que mantienen mis amigos, y mis aportaciones a ella no tienen más fin que cumplir y parecer integrado. Mis miradas cada vez son más constantes y largas.
Sacas tu blackberry y la trasteas cinco segundos después me llega tu sms, -¿quieres una aceituna?.
Te hago un gesto con la barbilla indicándote los aseos, tomas otro trago y sin prisa, paseando el culito aprisionado por lo ajustado de la falda ante mis ojos, avanzas hasta el baño, y para cuando llamo a la puerta estás de espaldas a mi apoyada en la pared, ofreciéndome tu culo empapado y abierto con tus manos para facilitarme la entrada, consiguiendo la provocación que pretendías, y así lo sentiste en la fuerza de mis empujones contra tu cuerpo y conseguiste otra vez sensaciones que nunca antes tuviste. Mi corrida, monumental rebosaba de tu culo, te besé y sali, no mediamos palabra.
Volví a mi mesa, tu saliste unos minutos después, un guiño de ojo, y un sms desde la calle. - Te quiero.